martes, 12 de febrero de 2008

En tu nombre echare las redes...


Mi primer destino pastoral fue una parroquia rural de algo más de novecientos habitantes. Un pueblito pintoresco que trepa por la montaña huyendo del barranco que lo badea. Está presidido por un humilde calvario, desde donde –secularmente- el santo Cristo contempla, sereno, el trasiego y ajetreo de las gentes. Aquel fue mi primer amor pastoral, ese que nunca se olvida; allí llegué oliendo aún a Santo Crisma y allí viví las mieles del ministerio.

No sé si lo es, pero al menos a mi me pareció, el pueblo mas hermoso de la cristiandad. Comencé a amarlo aún antes de verlo. El Obispo, al comunicarme el destino, me dio unas pinceladas sobre su idiosincrasia y tres buenos consejos para un curilla novato. Salí de allí con el desasosiego de un niño en la noche de reyes, con deseo de pisar sus calles y conocer a sus gentes… con el afán apostólico de un San Pablo, a lo torpe y a lo pequeño.

Al día siguiente acudí a entrevistarme con el párroco saliente y, de camino. Al final de una de las curvas de la carretera de montaña que conduce allí, se presentó ante mí por vez primera – en lontananza- ¡el pueblo que la Iglesia me encomendaba! Os parecerá ingenuo, pero sin vacilar un instante detuve el coche en el arcén, me bajé del vehiculo y me arrodillé. Allí recé por primera vez por sus gentes, para mi rebaño, y por mí, para ellos pastor: ¡Dame acierto, buen Dios, para saber servirles y acercarles a tu amor! Que no pierda yo a ninguno, que mi torpeza no aleje a ninguno de ti, que sepa ser bondadoso y sencillo, buen pastor cuya primera preocupación sea siempre la oveja perdida…

Cuando fui a tomar posesión se había concitado casi todo el pueblo, habían puesto una enramada, adornado la puerta del templo y colocado unas letras de acogida… ¡Como a Cristo mismo me recibían! Ese era mi primer Domingo de ramos… la entrada triunfal ya vendría el viernes santo.

El templo era pequeñito, pero muy cuidado y limpísimo: mi catedral. ¡Cómo se percibía que amaban a Dios y agradecían su presencia! Tenía una recoleta capilla del Santísimo, acogedora, que propiciaba a la intimidad. Cuantos y prolongados coloquios con Cristo mantuve allí al amanecer y al cerrarse la noche. Me sentía Nicodemo pero invitado por El.

La casa rectoral era destartalada; digna pero espartanamente sobria… me recordaba el establo de Belén y ello me confortaba. Ni la incomodidad ni el frío combatieron mi entusiasmo ni mi empeño apostólico. Y si precarias eran las condiciones… extraordinarias en extremo las voluntades ¡Cuánto cariño hacia el sacerdote!

Me esforcé por aprender, de inmediato, el nombre hasta de los gatos… Me paraba con las gentes, me interesaba por sus cosas. Mirando a los ojos y una sonrisa permanente entré pronto en todos los corazones. Mi primera actividad visitar el cementerio, esa otra parte de la feligresía que participa ya de la victoria sobre la muerte. Me acompañó más de medio pueblo desgranado cuentas de un rosario de amor a María.

Los días me iban visitando enfermos y en tareas elementales de parroquia: catequesis, representaciones de teatro con los chicos, ensayos de coro, horas santas, confesionario y Misa, mimando la liturgia.

Bendito Cristo del calvario, extiende tu brazo para bendecir cada hogar; posa tu mirada serena sobre cada uno de sus vecinos y toca su corazón con tu gracia. Tú que has querido servirte de mí para seguir sembrando el Evangelio… concédeme un celo infatigable y empeño por gastarme y desgastarme en tu santo servicio.

1 comentario:

ANTONIO MARTINEZ DEUBEDA dijo...

FUERZAECHARE LAS REDES

Y EN TU NOMBRE JESUS ES QUE PREDICO,
Y JUNTO A LAS REDES QUE DIARIAMENTE
HAGO COSER A TU AMOR HUMILDEMENTE
TOMO LA BARCA, Y EN TUS REMOS INDICO

QUE TUS FUERZAS SON MEDICINA Y MEDICO,
CUANDO POR TEMPESTADES NORMALMENTE
EL LLORAR ES MIEDO DE CORAZON Y MENTE.
SUPLICO DE QUE PEREZCO Y ABDICO

DE SER VALIENTE, PERO SE HACE VOZ JUICIOSA
QUE AL ALMA ABRIGA, PALABRAS Y EDADES
QUE ENTRE MAREAS CALLAN A LOS OLEAJES.

Y VOLVEMOS PATRON DE VOZ HONROSA
A QUIEN COMO PESCADOR DE VERDADES
LLENA LA BARCA DE PECES Y MENSAJES.

ANTONIO MARTINEZ DE UBEDA