lunes 25 de agosto de 2008

El milagro de cada jornada

Cae la tarde, las ultimas luces del día se disipan, la naturaleza se va remansando, los últimos gorgoteos de los pájaros dan paso al cansino grillar de los grillos. Ante el sagrario la lamparilla tiembla reverente celando el misterio de todo un Dios que allí se aposenta. Un día más que termina, un día cualquiera, un día corriente.
Sin embargo ¡Cuantos milagros han acontecido ante nuestros ojos y hemos sido incapaces de reconocerlos! El milagro de la vida… Cuando pienso en cuantos acontecimientos extraordinarios se habrán vivido hoy en nuestro planeta, me pasmo. Quizás hoy nació el científico que encuentre la solución al cáncer o el sida; tal vez hoy, en algún laboratorio perdido, alguien descubrió algún invento que ayude a solucionar alguno de los problemas de nuestro maltrecho mundo; puede ser que hoy algún ser humano haya hecho algún gesto heroico… tal vez, tal vez; pero lo que es seguro es que millones de madres se han desvivido por sus hijos y millones de padres han cuidado de hacer de su hogar un espacio agradable y acogedor; lo que es indudable es que millones de hombres en la mina, el mar, los hospitales, el campo o en la oficina… han cumplido con admirable profesionalidad su trabajo; es seguro que miles de enamorados y esposos han gozado felices de su amor limpio; es seguro que millones de niños han abierto sus ojos al mundo y lo primero que han visto y oído ha sido la ternura de sus padres; es cierto que muchos han rendido su alma a Dios con serenidad y esperanza y han exhalado un: “misión cumplida Señor”. ¡Cuantos acontecimientos admirables, hermosos que nunca merecerán la atención de un informativo y una reseña en un diario!
Voy a relataros el mío, el de éste día. Estaba en el confesionario, embebido en la lectura de un texto espiritual, oigo que al otro lado de la celosía alguien se acomoda. Abro la portezuela, un hedor me invade al tiempo que una voz ronca dice: ¡Ave Maria! Era un hombre harapiento y desaseado. Pensé para mí: -Este viene a pedir. Y a pedir venía; pero no lo que yo malpensada.
-Quiero hacer confesión general padre. Soy un vagabundo, voy errático en la vida sin rumbo ni destino… estaba pidiendo en la puerta del templo como hago en todos los pueblos por los que paso para asegurarme unas monedas con las que matar el hambre y la sed. He escuchado el rosario en el interior que hacía años que no escuchaba en ningún templo y una fuerza irresistible se ha apoderado de mi...
(Por su forma de expresarse aquel extraño vagabundo denotaba no ser un cualquiera, sus modales eran refinados y su vocabulario culto ¡qué misterio! ).
En un instante han pasado por mi memoria todos los recuerdos de mi infancia… del hogar paterno y de la educación allí recibida y completada en los Jesuitas de mi ciudad; y se me ha adentrado el eco de ese rosario que cada noche se rezaba en casa y en familia. Sin saber porqué he roto a llorar despues de muchos años sin derramar una lágrima por nada ni por nadie. Le he visto meterse en el confesionario y una voz me urgía acercarme a mendigar… Pero esta vez no unas monedas para un bocadillo o una botella de vino, que me ayude a olvidar por unas horas el mal que hice y lo que hice sufrir, sino a pedir lo que sólo el Cielo puede darme: ¡El perdón y la paz!

Y comenzó el relato, al pormenor, de su azarosa vida. De su proceso de degradación desde la nobleza a la miseria, de su depauperación de la riqueza a la miseria moral, de su autoaislamiento desde la familia a la calle… Degenerado, perdido, sin rumbo ni esperanza, arrastrando el peso insoportable de la culpa llevaba años trashumando su soledad.
Escuché sin interrumpir su retahíla de vilezas, pronunciada entre amargos sollozos. Entretanto de fondo se escuchaba en la nave del templo el cadencioso sucederse de las Avemarías: “ruega por nosotros pecadores”… Al concluir su relato, tras darle unas palabras de aliento y consejo le impuse la penitencia y bastó una cruz trazada al aire acompañada de las palabras: “Yo te absuelvo, Dios te conceda… el perdón y la paz” para que nos empapara un chaparrón de gracia que arrastró el peso de aquella angustiosa carga.

No se por donde andará ahora aquel vagabundo; pero lo que si sé es que del reclinatorio se levantó un hombre nuevo, liberado de su pasado y consciente de que aunque los hombres le cierren las puertas Dios siempre las mantiene abiertas.

Donde ejerzo el ministerio preside la capilla penitencial un lienzo barroco que representa a san Pedro penitente: con las manos entrelazadas y la mirada encendida puesta en el cielo, derrama lágrimas de arrepentimiento. Tras su figura están -como un recordatorio- los símbolos de su pecado: la columna de la flagelación, de la que penden las llaves entregadas por Cristo, y sobre ella el gallo delator de su negación. Ese Pedro me recuerda permanente mis negaciones de Cristo; pero al mismo tiempo ese Pedro penitente me invita a la esperanza, a saber mirar al Cielo confiando en el perdón; ese Pedro orante me insta a dejar atrás mis culpas, sepultadas en la misericordia de Dios y mirar hacia el futro fiado del amor de Dios.

Hoy termina un día más… un día preñado de gracias y bondades. Un día repleto de pequeñas historias que discurren discretas entre los grandes acontecimientos. Un hombre que recobra la esperanza, una mujer que que ama con abnegación, un viejo que experimenta el perdón, un hijo que retorna a sus padres, un pecador que se arrepiente… son vivencias y experiencias densas, cargadas de significación e intensidad. Cada día está plagado de historias enternecedoras, de encuentros amorosos, de gozo y de bondad. No existen los días ordinarios sólo existen ojos faltos de sensibilidad y finura incapaces de descubrir la discreta mano de Dios atrayendo a los hombres hacia sí.

Señor, que obras prodigios que sólo se perciben desde la fe, enséñame a mirar y ver desde el alma; dame unos ojos sensibles para descubrir -cada jornada- tus intervenciones. Tu Espíritu que no cesa de actuar y sugiere en los corazones cada entrega, cada gesto de bondad, cada acto de amor y olvido de sí, cada deseo de conversión y arrepentimiento... Dame la capacidad de asombro ante el admirable espectáculo de la vida y los milagros que obras cada día... ¡Señor, Dios nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra!