lunes 18 de agosto de 2008

Libertad, sin ira, libertad...

También en la aldea, en esas conversaciones triviales sobre lo cotidiano, se entremete la actualidad de tanto en tanto como una urgencia.

- Buenos días, Perico ¿Qué te cuentas?

- Buenos los tenga Usted. Sr. Cura. Pues que vengo de dar una vuelta al bancal ¿Quiere unos tomates?

- Son hermosos pero, no, gracias. Se ve que en el bancal no hay crisis...

- ¡Ay la crisis! Por cierto, aclareme Ud. una cosa. El telediario ha dicho que la Vicepresidenta ha insistido en la necesidad de "avanzar en la condición de laicidad del estado" ¿Eso de la laicidad que es?

- Pues mira, la laicidad es el reconocimiento de la autonomía de lo político y civil frente a lo religioso. Es la separación estricta entre el Estado y la Iglesia u otras confesiones religiosas. Creen que así se garantiza la libertad de conciencia de los ciudadanos y que se asegura la no imposición de normas morales particulares de ninguna religión a la sociedad.

- ¡Acabáramos! Con todos los respetos, Sr. Cura , a la gente nos importan un comino las relaciones del Gobierno con la Iglesia. Eso ya es muy viejo. No se engañe, la laicidad no es eso ¡que va! Les estorba cualquiera que les pueda criticar o les reproche los atropellos que cometen. Para estos sólo hay libertad de expresión si dices lo que ellos les conviene pero si opinas de manera diferente, te silencian… por eso los obispos ¡mejor con mordaza!
¡Apañados andamos: avanzar en la laicidad! A la gente hoy lo que de verdad le preocupa es llegar a fin de mes y el precio de las cosas; le angustia la situación de sus hijos hipotecados hasta las cejas, le quita el sueño la estabilidad en el trabajo y el paro, le inquieta no poder pagar la luz…Y no la laicidad esa. ¡Qué se pongan a solucionar problemas! A procurar que les salgan las cuentas para arreglar el país y se dejen de zarandajas.

En cierto sentido, el razonar de Perico no andaba muy errado. La conquista de la laicidad es fruto de la revolución francesa y la ilustración. Esto de seguir dándole vueltas tres siglos mas tarde parece más propio de una progresía trasnochada y falta de ideas, que de un modo de gobernar creativo y eficiente. La separación Iglesia-Estado en España es una realidad hace décadas, entre ambos sólo se mantienen relaciones de colaboración institucional en aquellos espacios que la demandan: conservación del patrimonio, acuartelamientos, enseñanza, determinados servicios sociales… como se hace con cualesquiera otra institución u ONG que atiende realidades sociales del país.

A raíz de esta conversación me venía al recuerdo la letra de aquella canción de Jarcha, “libertad sin ira”, decía: “Yo sólo he visto gente que sufre y calla, dolor y miedo, Gente que sólo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz”. Esa es mi propia constatación, la gente no se preocupa por esa laicidad que tanto interesa a nuestros gobernantes y que tiene tanto tufo a revancha. No es mas que una cortina de humo para distraer a la atención opinión pública de los verdaderos problemas del país. Yo sólo he visto gente que sufre y calla empobrecimiento y miedo de no llegar a fin de mes o de perder su empleo.

Cuando la Iglesia habla o se pronuncia en cuestiones sociales y morales lo hace sin afan de politiqueo; ofrece sus reflexiones como orientación dirigida a los católicos, y a aquellas gentes de buena voluntad que quieran escuchar y acoger sus propuestas para mejorar nuestro mundo, pero siempre formuladas desde la fe. No lo hace con pretensión de imponerlas ni al estado, ni al gobierno ni a la sociedad en su conjunto. La Iglesia habla para sus miembros y les urge a trabajar desde sus valores y principios morales como buenos ciudadanos. Nada que ver con la retorcida interpretación de buscar poder, de someter al estado o de controlar las conciencias...

Entre los logros de nuestra democracia, aparentemente, está la libertad; pero descaradamente tenemos una libertad con ira en muchos ordenes. Una ira mal disimulada cuando se dirige contra todo lo que se relacione con la fe o la moral católica. Ira contra aquellos que defiendan valores espirituales o principios que remitan a Dios. Ira contra aquellas instancias críticas que no den la razón al gobernante o que osen denunciar los abusos del poder al promover leyes inmorales. Ira contra aquellos que pretendan despertar a la gente de sus letargos y movilizar a la sociedad en defensa de la vida, la familia o una educación de calidad. Ira contra quien no hable en un lenguaje políticamente correcto lo que al gobernante le ayude a perpetuarse en el poder.

Una ira que se materializa en el ejercicio de acoso mediático contra la Iglesia. Observen, ni una noticia amable sobre la Iglesia, ni un titular que recuerde el bien que hace o los servicios que presta, ni un apunte sobre cualquier evento eclesial por multitudinario que sea… La Iglesia no aparece en los medios de comunicación si no es para criticar, evidenciar sus déficits, expandir un escándalo o deteriorar su imagen. Esto es fruto de la libertad con ira, ira que engendra ira. La estrategia les da resultado. Nuestra adolescencia y juventud manifiesta una creciente hostilidad y rechazo contra la Iglesia fruto del adoctrinamiento de los medios y de la manipulación ideológica en la escuela o los IES.

En mis años de profesor de secundaria detecté esa libertad con ira que profesan aquellos profesores -militantes de izquierdas- que desde la enseñanza de la historia, la literatura, la filosofía o las matemáticas… arremeten contra la religión y adoctrinan con sus prejuicios ateos y pseduomarxistas a los alumnos. La clase anterior y posterior a religión católica, -según me contaban los alumnos- se empleaban en desmontarles lo aprendido o en criticar a la Iglesia. - ¿Qué cuento os ha largado el de religión hoy?... Así comenzaba la clase de literatura con ira o la historia iracunda… Libertad sí, pero con ira. Los cristianos vivimos un clima de larvada persecución y de frontal rechazo. Pero, no olvidemos que al cristianismo le sienta bien la persecución: ¡Mal cuando el mundo nos aplaude!

Los partidos de izquierdas militan una ideología materialista y por tanto consideran las religiones como un engañabobos o una adormidera. No olvidemos que fueron estos adalides de la libertad -con ira- los que comenzaron la legislación antirreligiosa, crisparon a la sociedad contra la Iglesia y propiciaron quema de conventos que terminó en la persecución religiosa de la década de 1930.

La Iglesia acepta un régimen de separación del Estado, pero puntualiza que esta "separación" no implica la renuncia a exigir que las leyes respeten la dignidad del ser humano, sus derechos legítimos y los principios morales… en aquellos países donde los bautizados son mayoría. Reconoce la autonomía mutua de la Iglesia y el Estado en sus respectivas esferas pero reclama para sus fieles respeto a sus convicciones morales y creencias religiosas. Libertad sin ira, libertad.